domingo, 3 de junio de 2012

Meditación I


Para la mayoría de las personas, el pensamiento está básicamente formado por el DIÁLOGO INTERNO, que es una sucesión recurrente y a menudo aburrida de parloteo, pulsiones emocionales y sensoriales provenientes de un INVENTARIO personal desordenado. Sin embargo, ésta no es la única opción. Cuando la mente está enfocada en un ATESTIGUAR consciente, sin juicios ni palabras, entonces el pensamiento está hecho de SILENCIO.

La creencia popular de que meditar consiste en parar el PENSAMIENTO está muy extendida, aunque es incorrecta. La MEDITACIÓN es un estado tranquilo de observación en el que la ATENCIÓN se pone en cualquier cosa, excepto en el diálogo interno. Nuestra PARTE RUIDOSA, la personalidad egoica, está acostumbrada a tener la mayor parte de la atención; se alimenta y fortalece enfocándola de forma consistente y compulsiva en el diálogo interno. Sin embargo, también existe en nosotros una PARTE SILENCIOSA, la personalidad original, el doble energético; el problema es que rara vez permitimos que se haga con la atención. Ésta es la razón por la cual, en el ser humano corriente, la parte silenciosa habitualmente se encuentra débil y deteriorada, ya que recibe muy poca nutrición. La meditación es precisamente hacer que la atención sea utilizada por nuestra parte silenciosa, para que así se pueda alimentar de ella. Al principio es bastante difícil, ya que es necesario invertir tiempo y esfuerzo para llegar a disponer de un mínimo de concentración, puesto que la parte ruidosa es demasiado fuerte y despista al practicante una y otra vez. Pero si se persiste, la meditación empieza a ser efectiva y el practicante comienza a experimentar verdaderos estados de silencio, aunque sea por breves instantes. Se reconocen como la sensación de poder dejar de hablar con uno mismo. Es entonces cuando la parte silenciosa empieza a fortalecerse como consecuencia de la propia práctica, lo que equivale a poder mantener la atención en sí misma durante más tiempo.

Existen dos formas básicas de meditación: la activa y la pasiva:

La MEDITACIÓN PASIVA se practica en una postura cómoda, sentado o tumbado con los ojos cerrados. Entonces, por ejemplo, se lleva la atención a la nariz, a las fosas nasales, observando el entrar y salir del aire por ellas; sin más. Si la atención se va al diálogo interno, simplemente la devolvemos otra vez a la nariz. Se mantiene la concentración de manera firme y tranquila durante al menos 5 minutos. No hay límite máximo de tiempo. Otra modalidad puede ser utilizar sonidos rítmicos o monótonos (no musicales) y enfocar la atención en ellos.

La MEDITACIÓN ACTIVA se realiza mientras se está haciendo cualquier actividad normal, siempre que no sea peligrosa. Se lleva la atención hacia la propia actividad y a las experiencias sensoriales que nos produce, evitando cualquier juicio o enfoque en el diálogo mental. Una muy buena forma de practicarla es hacer grandes caminatas en solitario de más de dos horas, aunque también sirven los pequeños desplazamientos. Se pueden cerrar ligeramente las manos haciendo que los dedos meñiques toquen las palmas, enfocando la atención en la sensación que esto produce mientras que se mantiene la mirada al frente, ligeramente hacia arriba, sin centrarla en nada en particular. También es muy efectivo enfocarse mientras tanto en la respiración y en los sonidos ambientales.

El secreto de la meditación es realizarla sin esperar ni buscar nada, porque sí. Persistir significa que debe hacerse práctica pasiva cada día, sin excepción; da igual si son cinco minutos nada más. Practicar cada día con independencia de las circunstancias produce un efecto especial en la mente que no se consigue de otra manera. La meditación activa complementa a la pasiva, pero no la sustituye.
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Texto y fotografía de Chema Sanz bajo licencia Creative Commons.