jueves, 14 de noviembre de 2013

Neochamanismo


Hace ahora algo más de un año que publiqué mi primer libro “Emoenergética, Psicología Neochamánica”. Hacer referencia en el título al concepto de neochamanismo (“nuevo chamanismo”) fue un acto premeditado y consciente. Pero, ¿Qué es exactamente el neochamanismo?, ¿Porqué califico de neochamánico a este modelo psicológico y existencial?, ¿Cómo está relacionado el chamanismo, y por extensión el neochamanismo, con el estudio y manejo de los diferentes niveles de conciencia posibles en el ser humano?. Para empezar, es necesario aclarar que realmente no existe una definición exacta ni tan siquiera una escuela o corriente de pensamiento homogénea que se pueda agrupar de manera compacta dentro de este término. Por ahora está por ver si en esta época se consolidarán nuevos grupos de exploradores de la conciencia y la espiritualidad que puedan transcender el pesado y trasnochado equipaje que el chamanismo tradicional arrastra y que hasta un cierto punto a sido importado en muchas de las corrientes espirituales modernas.

El chamanismo es un término genérico que intenta agrupar a diferentes conjuntos de prácticas ritualísticas asociadas a mitos, creencias, arquetipos religiosos y culturales que tienen pequeñas o grandes variaciones según el grupo étnico o tradición en la que se practican. Estos rituales son personificados por una figura clave (hombre o mujer según la tradición a la que se pertenezca) presente en casi todas las tribus y culturas de la antigüedad: el chamán. Éste era (y es) considerado el vehículo de conexión entre el mundo cotidiano y los mundos de los muertos, los dioses y los espíritus. El chamán ha ejercido funciones de curandero y guía espiritual debido específicamente a su aparente y sobrenatural capacidad para cambiar sus estados de conciencia, modificaciones perceptuales que son casi siempre conseguidas mediante el consumo de drogas enteógenas y también con otros medios como los cánticos repetitivos o la utilización de instrumentos de percusión. El término proviene de la palabra shaman, originaria del norte de Asia, que fue introducida en occidente por los rusos en el siglo XVI. En el siglo XX los términos chamán y chamanismo se volvieron comunes gracias al interés creciente que la antropología occidental mostró por estudiar y demostrar la universalidad de ciertas prácticas y paradigmas, con componentes y rasgos comunes en todos los continentes y diferentes culturas a lo largo de los milenios. El chamanismo es considerado en muchos casos el precursor de las religiones modernas. Religión y chamanismo son sistemas interpretativos que comparten tanto la visión trascendente de la vida como la adopción de dogmas y rituales, estos últimos realizados y repetidos en un intento de conectar al ser humano corriente con el mundo espiritual, casi siempre con el objetivo de obtener algún tipo de favor. Este plano es llamado generalmente el más allá, el reino de lo que está fuera de la percepción corriente del mundo de todos los días. En tradiciones distanciadas desde el punto de vista geográfico, cultural y temporal, se establecen sin embargo abundantes similitudes a la hora de categorizar las diferentes esferas espirituales: los cielos, los infiernos, los mundos de los espíritus benévolos, los de los espíritus demoníacos, los pertenecientes al propio Creador, incluso los mundos de los sueños, así como los tiempos pasados y futuros, todos ellos fuera del alcance del común de los mortales. Existe una brecha que los separa del mundo físico, son naturalmente diferentes, inmateriales. El chamán es reconocido como el puente entre los diferentes mundos y en ocasiones entre los diferentes tiempos, pasados, presentes y futuros, asumiendo también la función de oráculo. Hoy en día algunas culturas mantienen la figura del chamán como parte de su idiosincrasia; el título ha sido heredado también en diversas prácticas asociadas a grupos occidentales vinculados a la New Age. La occidentalización del chamanismo sería el germen del neochamanismo.

Pero sin lugar a duda, existe un punto de inflexión en la historia del chamanismo moderno. A finales de la década de los 60 del siglo pasado, un antropólogo afincado en Los Angeles, California, publicó el que iba a ser el primero de una serie de libros que aparentemente iban a tratar sobre la utilización ritual y medicinal de plantas alucinógenas por parte de algunas culturas de indios mexicanos. Se centró específicamente, por pura casualidad, en un linaje particular y cerrado de chamanes categorizados dentro de una tradición singular y extremadamente minoritaria llamada nagualismo. Lo que empezó como un trabajo de campo, primero para el máster y luego para el doctorado en antropología, se acabó convirtiendo en todo un nuevo paradigma sobre la conciencia y la espiritualidad en occidente. Carlos Castaneda, como así se le conoció, fue un personaje controvertido de principio a fin. Según él mismo, las enseñanzas que recibió en el mundo de aquellos chamanes le afectaron de tal manera que no tuvo otro remedio que convertirse en uno de ellos. A pesar de su éxito masivo, su figura permanece velada por el misterio, incluso después de su muerte en 1.998. Según él esto era un efecto premeditado resultado de un ejercicio de disciplina incesante, de la puesta en práctica durante años de las técnicas promovidas por su maestro chamán, específicamente las pertenecientes al arte del acecho y a la parte llamada “borrar la historia personal”, imprescindibles como medios en su camino a la conciencia total a través del camino del guerrero. Varias fechas y lugares de nacimiento, nacionalidades y nombres distintos así como la existencia de varias fotografías que claramente son de diferentes personas atestiguan la bruma en la que estaba envuelto Carlos Castaneda. Muchos creen que Don Juan, el indio yaqui del que hablaba en sus libros, fue tan solo una elaborada invención literaria. Castaneda sin embargo aseguró reiteradamente que no solo había compartido con él y su grupo de brujos casi 15 años de andanzas y entrenamiento, sino que además Don Juan era un nagual, un hombre de conocimiento, un ser humano excepcional con una configuración “energética” especial que se convirtió en su maestro y guía. En mi opinión personal, el sistema de conocimiento que Castaneda plasmó en sus libros y que aparece bajo términos tan dispares como chamanismo, brujería, nagualismo o el camino del guerrero parece demasiado impresionante como para ser la invención de un solo individuo. De ser así, sería igualmente un acto de genialidad por su capacidad de recoger, sintetizar, transformar y aglutinar una serie de ideas y modelos antiguos, o más bien anticuados, dejando como resultado una herencia perfectamente adaptada para el ser humano del siglo XXI. Realidad o ficción, gracias a él se inicia una de las revoluciones conceptuales sobre el asunto de la conciencia más importantes de la modernidad. Al día de hoy me parece poco interesante, hasta un cierto punto, si las historias que Castaneda relata en sus 13 libros, son puro cuento o experiencias autobiográficas (como él afirmó hasta el final). Lo cierto es que si se estudia la obra con la profundidad adecuada, lo que se encuentra es un sistema de conocimiento tremendamente compacto a nivel psicológico, filosófico, trascendente y lo más importante: práctico. He conocido a lo largo de los años a multitud de personas que presumían de haber leído a Castaneda. Sorprendentemente ha sido extremadamente raro dar con aquellos que han estudiado en profundidad su trabajo, y mucho menos con los que lo hayan entendido y puesto en práctica. La obra de Castaneda es una apología del lado mágico del ser humano, de ese lado "inmaterial". No va sobre el uso de las drogas psicotrópicas, como muchos piensan al haber entrado en contacto con sus primeros libros, ni de indios, ni de culturas antiguas, ni de rituales. Todo gira en torno a la atención y a las casi infinitas posibilidades de la percepción, subrayando la idea de que tenemos, o podríamos tener, un destino como seres luminosos más allá de nuestra dimensión física y social. Así mismo, señala una y otra vez hacia las claves de nuestro desastre como humanidad al no darnos cuenta que somos mucho más que un cuerpo físico; somos un capullo luminoso que es a su vez un receptáculo transformador de la energía más fascinante del universo: la conciencia. Su legado es una guía que reta al buscador a descifrar los acertijos propuestos, aunque a menudo de forma encubierta, para que cada cual pueda comprobar por su cuenta la veracidad y validez de la enseñanza. Existe un intento inflexible e impecable dirigido a catalizar y mantener despierta la sed de traspasar los límites cognitivos tradicionales, manteniendo la sobriedad en todo momento, ya que la locura o la estupidez son enemigos del conocimiento. En el camino, el practicante tiene permitido saturarse una y otra vez de asombro y maravilla mientras que se llena hasta el borde de amor a la vida. Castaneda consiguió llegar al gran público, pero sin embargo, él mismo contaba cómo había pagado un precio muy grande al haber roto y traspasado con creces los linderos en los que la antropología académica se mantiene; al final su trabajo no ha sido considerado ni reconocido como un verdadero estudio antropológico. Pero lo cierto es que aun así su impacto en la cultura occidental (gracias a su enorme éxito editorial, más de 50 millones de libros vendidos) está más allá de lo que muchos reconocen, permeando casi de forma inadvertida una parte del pensamiento occidental, la psicología, las neurociencias, la física e incluso el cine y el arte.

Casi sin querer, o quizás a propósito, Castaneda inició una reconfiguración de la propia idea del chamanismo, sembrando la semilla del neochamanismo (si bien él, que yo sepa, no utilizó este término). Estableció una separación fundamental entre la hechicería tradicional (el chamanismo cultural), que perdura hasta el día de hoy a través de los curanderos, yerberos, videntes, charlatanes, santeros… y las poco comunes tradiciones de naguales. Según él, su maestro Don Juan era el guardián de una línea de éstos últimos. A pesar de ser de origen indio, Don Juan afirmaba que había llegado el tiempo del hombre occidental y que el conocimiento ancestral debía traducirse al lenguaje académico (por eso le puso la tarea de escribir libros) dejando atrás todo el equipaje cultural, folklórico y ritualístico. En este sentido, fue un revolucionario dentro de su tradición. Castaneda fue su heraldo y a la vez, al igual que Don Juan, un nagual. Dentro de este sistema se distinguía a los naguales (hombres o mujeres) por la naturaleza doble de su capullo luminoso, a diferencia de la mayoría de la gente que cuentan con un capullo simple. Esta configuración especial es la que otorgaría a los naguales la posibilidad de ser maestros de otros, ya que su potencial como seres conscientes es mayor. He escrito ampliamente sobre la doble naturaleza de la realidad física y sutil. El capullo luminoso (el alma) está hecho de materia y energía sutil, mientras que el cuerpo físico está formado a partir de materias y energías físicas. El alma evolucionaría a través de las experiencias asociadas a un cuerpo físico y estaría ligada por su naturaleza a la conciencia, que a su vez sería el componente más esencial de la realidad.


Toda la enseñanza del nagualismo gira en torno a la ampliación controlada de la percepción ordinaria hasta convertirla en extraordinaria. Este sería el medio para aumentar la conciencia hasta el punto de ser completamente transformados por ésta, en cuerpo y alma, consiguiendo dejar atrás nuestro lado egoíco y así alcanzar la posibilidad de la libertad total, para entonces seguir evolucionando mas allá de las limitaciones de nuestra actual etapa como seres humanos. Para ello se hace necesario no solo comprender, sino atestiguar individualmente la naturaleza última de la vida, la muerte, la atención, la materia, la energía e incluso la del Espíritu. Los naguales de una línea son los guardianes y transmisores del conocimiento acumulado dentro de sus cerrados linajes; forman grupos propios de aprendices y cuidan de elegir e instruir a un maestro para la siguiente generación. Así se aseguran de la perpetuación del conocimiento heredado, aumentándolo en lo posible para depositarlo y almacenarlo en un armazón cognitivo al que llaman la Regla. Pero Castaneda era diferente, por su configuración personal era un nagual de final de ciclo, un fenómeno que solo ocurre cada muchas generaciones de naguales. Como tal su misión fue acabar su linaje, algo que estaba contemplado en la Regla. Por eso no dejó ni sucesor ni alumnos. Su forma de difundir el conocimiento fue de forma abierta, a través de sus libros, que según él eran las semillas de una  oportunidad para ayudar al despertar de multitud de individuos a lo largo y ancho del mundo, abriéndose una nueva era en la que quizás algunos pudieran desarrollarse sin haber tenido un maestro. Me considero como un heredero de alguna de esas semillas. La influencia del trabajo de Castaneda permea mi ser y de alguna manera forma parte de lo que soy. El hecho de que él no fuera mi maestro ni yo su alumno es precisamente lo que ha permitido mi independencia para poder abrir una nueva vía de conocimiento. No me siento cercano al chamanismo tradicional, no me interesan nada las drogas ni los rituales, tampoco mi camino es el que siguió Castaneda puesto que no pertenezco a un linaje. Sin embargo comparto tanto por preferencia personal como por  experiencia una buena parte del núcleo de sus enseñanzas. Soy un explorador de la conciencia, puedo modificar mi percepción y ver lo que muy pocos ven, he desarrollado todo un sistema de sanación física y espiritual y he creado un modelo cognitivo que ahonda sobre la naturaleza de la mente y el alma humana. Así que creo que referirme al neochamanismo en el título del primer libro de la Emoenergética fue por un lado una declaración de afinidad y por otro la expresión del deseo de que algunos de nosotros seamos capaces de dejar completamente atrás la parte rancia del mundo espiritual. Se hace necesario traer al presente tan solo la esencia de lo antiguo que nos sirva para evolucionar, renovando todo lo demás. En esta nueva era el conocimiento científico, la tecnología, la interconectividad y la razón tienen que formar parte natural del ser humano espiritual, junto con la audacia de explorar territorios fuera de lo convencional. Es esta una época de oportunidades sin precedentes en la historia de la humanidad.


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Texto y fotografía de Chema Sanz bajo licencia Creative Commons.