jueves, 2 de junio de 2016

Una Vida Dedicada a la Sanación


Tenía 16 años recién cumplidos y un día empecé a tener un extraño y persistente dolor en la cadera. En los meses siguientes los dolores se extendieron a una rodilla y a los pies. Después de 6 meses de múltiples visitas a diferentes especialistas, finalmente se me me diagnosticó una enfermedad degenerativa crónica, de esas consideradas “raras". El diagnóstico fue pesimista: la enfermedad se desarrollaría inevitablemente; con el tiempo y con casi toda seguridad, me quedaría incapacitado en mayor o menor medida. Se me dijo que la enfermedad era incurable y que mi única esperanza era que, a lo largo de los años, la ciencia avanzase lo suficiente en el conocimiento y tratamiento de esta patología. Había tratamiento sintomático, no exento de riesgos por los efectos secundarios que podía tener a medio y largo plazo. Han pasado 30 años y por ahora aquella enfermedad sigue sin ser resuelta por la medicina.

A cualquier edad que recibas una noticia así es algo que te toca profundamente; yo era un adolescente y se me vino el mundo encima, de repente el resto de mi vida parecía como una mancha oscura... o como una lucha de resultado incierto. Desde el primer momento mi elección fue luchar. Fueron tiempos muy difíciles ya que la enfermedad siguió avanzando lenta pero implacablemente en los siguientes años. Para más desgracia, desarrollé una segunda enfermedad, también crónica, también incurable; no me podía creer mi mala suerte. Así que paralelamente a las visitas periódicas al hospital y junto con tratamiento farmacológico, fui probando otras cosas. Recibí tratamientos de balance polar electromanético, homeopatía, estudié acupuntura, aprendí reiki, sanación magnética, sanación pránica y muchas cosas más, especializándome principalmente en técnicas de sanación energética. Con todo, la realidad es que después de unos pocos años ya tenía serias dificultades para caminar o permanecer de pie, por no hablar de los intensos dolores y otros síntomas derivados de la enfermedad intestinal que apareció en segundo lugar.

En todo este tiempo siempre adopté la actitud de que de alguna manera encontraría la ayuda necesaria para mi curación y que era todo cuestión de persistir y seguir el proceso de prueba y error. Después de 12 años de enfermedad y mucho trabajo terapéutico, un buen día (fue casi de repente) los dolores y otros síntomas empezaron a disminuir, pude apoyar mi talón izquierdo en el suelo (llevaba como unos 10 años sin poder hacerlo). En el transcurso de unos meses me fue posible abandonar completamente toda la medicación sin que esto supusiera un empeoramiento. Aun así, tuve síntomas más o menos leves de las dos enfermedades durante 2 o 3 años más, hasta que finalmente desaparecieron. Desde entonces llevo más de 15 años sano, aunque es verdad que me tengo que cuidar más de lo normal, debido a que mi musculatura me ha dado problemas desde entonces, no serios aunque molestos. En aquella época ya había dejado mi trabajo como desarrollador de software y había empezado a trabajar como terapeuta, empezando a diseñar lo que hoy en día es la resonancia bioenergética. 


En este proceso he aprendido muchas cosas, y no me refiero sólo al aprendizaje intelectual. Me refiero al aprendizaje de la vida. Cuando se presenta la enfermedad viene con un compañero de viaje: la oportunidad de crecer. En realidad no es necesario que padezcas una enfermedad o que te ocurra alguna desgracia para que aprendas o para que encuentres el sentido a tu vida. Pero a veces esas cosas pueden usarse como catalizadores debido a la intensa pérdida a la que te someten. Si se mira tan solo a la enfermedad, a veces se gana y otras se pierde; incluso si lo intentas con todo tu corazón podría no salir bien. Yo tuve la suerte de ganar en este sentido. Pero igualmente sigo luchando porque ya no me hace falta estar en lo peor para moverme hacia donde necesito. Aunque no me hubiera curado igualmente habría ganado todo lo que he aprendido hasta ahora.

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Texto y fotografía de Chema Sanz bajo licencia Creative Commons.